Víctor Amela: “¿Yo qué soy? producto de las putas guerras”

Entrevista

Por Elena Gil. La hija del capitán Groc”, nuevo libro de Víctor Amela, cuenta en sus páginas con dos personajes, el Groc y su hija, Manuela, que serían, a día de hoy los primeros indignados.

La cafetería del Hotel de Las Letras está prácticamente vacía, en una mesa se encuentra Víctor Amela, periodista de La Vanguardia durante C_Hija capitan groc.indd18 años, con su nuevo libro en la mano: “La hija del capitán Groc”. Está posando para una foto que le están haciendo. Me siento al lado, esperando, y al verme me saluda con la mirada y sonríe.

El compañero termina de hacerle las fotos y me acerco a la mesa. La sonrisa amplia, un saludo cálido. Un vaso de agua y un licor de hierbas. Todo tiene su historia. Me explica que para uno de los capítulos del libro, situado en la región de Herbés donde fabrican un licor de hierbas, un orujo muy fuerte, “oye pues quizá te ayudará beber ese aguardiente”, explica el periodista, y así fue como en uno de los capítulos hace beber a los personajes el mismo licor que él ha probado. Algo que le ayuda a forjar un poco más esta historia que llevaba tejiendo en la cabeza desde hace un tiempo, tal y como me ha contado.

El Groc, personaje principal de esta novela, es alguien de quien Amela había escuchado historias desde pequeño, en su pueblo Forcall. Un hombre que lo daba todo por sus ideales, “a mí en algún momento puede parecerme loco, puede parecerme insensato e irracional pero lo admiro, me fascina que haya gente tan idealista, yo seguramente no lo soy, yo, seguramente soy más pragmático y pactaría, por un acuerdo, un compromiso, él no, él decide ir hasta el final, jugarse la piel y perderlo todo, porque no está jugando solo su propia piel, sino la relación con su hija, con su mujer y sus amigos. No frena”, comenta Amela sobre Tomás Penarrocha, el Groc.

Esa pasión ciega de este personaje queda patente en toda la obra, pero el escritor catalán no ha escrito la historia solo por esta figura, hay otros personajes que existieron y le hicieron pensar en cómo debieron transcurrir las cosas, como la figura de Manuela, esa joven luchadora, esa que, tal y como cuenta el escritor, se enfrentó a un general que intentaba hacerle entregar a su padre, diciéndole “si mil vidas tuviera, mil vidas daría por mi padre”, testimonio real recogido en un manuscrito que guardaba el marido de la chiquilla. O el personaje de Pep Lo Bo, del que poco sabía el periodista más que era un antepasado suyo y, tal y como cuenta, por las épocas debió ser coetáneo al Groc.

El libro en sí es un homenaje a este pasado suyo del que poco sabía, “yo desde niño veía en casa de mis padres en Barcelona, un retrato que iba cambiando de sitio que era un señor de medio cuerpo, sonriente, cabeza redonda, calvito, con un pañuelo aragonés en la cabeza y cara de buena persona, y era como un daguerrotipo…”, de él lo único que sabía y porque se lo contó su padre es que le llaman Pep Lo Bo. Al descubrir que había sido coetáneo del Groc, a Victor Amela se le fue forjando esta historia. Un Pep enamorado perdidamente de Manuela, tal y como él, con 8 años se enamoró de una niña de su pueblo.

Manuela y su padre son dos personas pasionales que luchan por lo que creen, el primero por que se mantengan los valores vigentes y no los que trae la revolución francesa y ella por su padre que le tiene como un héroe. En la actualidad podrían considerarse héroes o villanos, Amela tiene su propia comparación sobre esto, “yo digo que de algún modo el Groc y por extensión Manuela son los primeros indignados, en este momento en el que vivimos, los indignados los hemos visto sentarse en la Puerta del Sol para enfrentarse a un sistema que les parece aberrante y, en ese momento, hace 170 años, estas personas consideraban que el mundo que venía nuevo era aberrante, porque ellos consideraban que el mundo digno y noble era el mundo en el que habían vivido toda la vida sus abuelos, no se sientan en la puerta del sol pero cogen el trabuco”, me dice mientras sonríe, quizá comparte con el capitán la pasión, solo que sus pasiones son distintas.

Hace tiempo dijo que esta novela era más comprensible para el público más común, y así es, para él esto se debe a que habla de “las pulsiones humanas, la pasión, sentimientos que cualquiera puede llegar a comprender aunque la historia esté en un contexto de hace 170 años, pero los sentimientos permanecen y son comprensibles en cualquier momento”.

Estamos en plena Gran Vía madrileña y la gente va y viene. En medio de ese montón de personas que corren de aquí para allá, nos encontramos protegidos por un cristal, hablando no sólo de estos personajes de antaño sino también de la literatura y la cultura como nexo de unión para las diferencias, como las que acontecen entre España y Cataluña. Para él son un vehículo, “yo creo que la virtualidad de la cultura, de la literatura, la creación es la de realiar a las personas. Es decir, yo puedo leer un relato de una persona de las antípodas , la voy a entender porque me están hablando de pasiones que son universales”, vivimos para contarnos historias porque cada persona tiene una, dice el autor, y además añade “el único futuro, la única posibilidad de relación, es contarnos historias, y ¿quién lo hace? los escritores, los periodistas, somos la esperanza de la humanidad”.

En mitad de esta charla tan distendida hilamos distintos temas, la cultura y la literatura han sido el preámbulo, la antesala, de la cuestión sobre Cataluña y España, con sus diferencias irreconciliables, o ¿no es tan difícil arreglarlas?. Él me explica, con el mismo tono amable que está teniendo la entrevista, que diferencias irreconciliables puede haber todas las que queramos, que depende de cada cual pero él, personalmente, con ese carácter tan abierto que ha mostrado durante toda la entrevista, piensa que es posible la unión, “yo he decidido que sí, que es posible la relación, que es viable la comunicación que la fraternidad es posible, a pesar de lo guerreros que somos y como nos gusta darnos hostias a los españoles, que nuestra historia es darnos hostias continuamente”.Amela I

A medida que desarrolla la idea, sonríe. Hay cierta pasión en su manera de hablar. Me cuenta su historia, como su madre, granadina, y su padre, valenciano, acabaron en Barcelona por la guerra, añade, “mi madre conoció a mi padre por su guerra, entonces ¿yo qué soy? producto de las putas guerras. Y hay que darse cuenta de esto y decir mira qué horror pero a la vez qué maravilla, darte cuenta, ser consciente de donde vienes, decir calma, ¿qué queremos liarla otra vez?, bueno vale pues liémosla, pero ¿hace falta? yo creo que no”, concluye el periodista. Me deja clara la idea de que deberíamos darnos cuenta de que todos somos víctimas, algunos producto de las guerras fratricidas como dice en su libro.

Amela lleva años trabajando para La Vanguardia, haciendo las llamadas “contras” (la última página del periódico), entrevistando a diferentes tipos de personas, es un transportista de historias, todos los que nos dedicamos a esto lo somos, así me lo hace saber, “el periodista es eso, es el que recoge una historia que alguien le cuenta, se la pone en la mochila y la lleva a otro sitio, ese otro sitio se llama lector. ¡Qué bonito! ¿no? Es un trabajo precioso porque al final tú en ese transporte aportas tu gracia” , aunque nunca se acostumbrará a ser el entrevistado y no el entrevistador. Pero, a pesar de la dificultad que dice entrañarle el estar en la otra parte, responde a todas mis preguntas de la forma más abierta posible, tratando de dejar todo claro.

Yo me pregunto dónde encuentra las dificultades un escritor y periodista con su experiencia y trayectoria, a la hora de enfrentarse a escribir una nueva historia. En este caso concreto las emociones serían la respuesta. Con una sonrisa amplia y un tono suave, me explica que lo más difícil ha sido describir las emociones porque, “sientes un poco de pudor. ¿No estaré siendo ñoño o no me estaré pasando de rosca?, ¿cómo explico está pasión, esta emoción sin que sea muy tópica? Para mi ha sido un desafío, ha sido un reto, por eso dejo las cosas un poco elípticas”, comenta Amela.

A pesar de las dificultades “La hija del capitán Groc” ha dado sus frutos en forma de premio, el premio Ramón Llul más concretamente, uno de los más relevantes de Cataluña. Recibirlo, tal y como dice, es algo que le ha hecho mucha ilusión, es el primer libro que escribe en catalán porque el libro lo requería, ese catalán antiquísimo que a oídos de un catalán de Barcelona,me asegura, suena exótico “dices es mi lengua pero es diferente”. Con esta obra, explica, “quería hacer un homenaje a ese idioma tan telúrico tan arraigado a la tierra, entonces a mi como catalán, pues si que ha tenido gracia recuperar ese mundo ancestral y hacer ese homenaje a mis antepasados”.

La tarde va cayendo, el restaurante va llenando alguna de sus mesas, aunque no se percibe ruido, es un sitio tranquilo. Me cuenta la última anécdota, como cuando hace unos años para un especial de La Vanguardia (el diario para el que trabaja), le pidieron hacer un artículo sobre la entrevista y decidió explicarla entrevistándose a sí mismo, “me costaría mucho entrevistarme a mi mismo, porque a menudo cuando pregunto al entrevistado pienso, si alguien me preguntará a mi lo que estoy preguntando, me colapsaria, no sabría que responder te lo juro”, me dice con tono sincero.

No obstante, me ha respondido a todo, sin titubear, intentando explicarlo de la mejor manera posible, cumpliendo con algo que contó justo al principio de esta entrevista, “yo lo que procuro es responder bien a lo que me preguntan para ayudar al colega que me esta entrevistando”.

¿Ya está? ¿ya lo tienes?- me dice- con una amplia sonrisa.

Y así concluye está conversación. Un par de fotos después y una dedicatoria en su libro, me despido. Al salir del hotel, paso por la misma ventana a través de la que veíamos a la gente pasar durante la entrevista y le veo, apunto de marcharse con otro periodista para responder otras preguntas. Sonriendo, siempre sonriendo.

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